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Al-Sharif Al-Hammadi: Egipto y el equilibrio árabe e regional

Así nos ha enseñado la historia sobre las honorables posturas de Egipto, un país que ‎trata a los pueblos árabes como verdaderos hermanos y se mantiene a su lado en cada ‎una de sus causas sin exigir costo, ostentación ni interés político o material alguno. Sus ‎valores árabes emanan de una historia milenaria sellada con sangre, recursos, esfuerzo ‎y lucha, así como con el sacrificio de sus hijos por las causas árabes. Ese es su destino ‎político, geográfico y nacional: actuar como el corazón en un cuerpo árabe desgastado ‎y fragmentado por disputas menores.‎

Al reflexionar sobre la historia de la nación árabe en sus momentos de mayor ‎quebranto, constato que Egipto siempre ha sido el Estado que asume la mayor carga en ‎la protección de la identidad árabe y en la preservación de la cohesión restante de este ‎cuerpo. A lo largo de décadas, la región ha sufrido intentos sistemáticos de ‎desmembración orientados a desmantelar el Estado nacional e incitar conflictos ‎confesionales, sectarios y étnicos, con el fin de convertirla en un escenario abierto al ‎caos, las hostilidades y el desgaste.‎

Egipto y el equilibrio regional

Hablar de Egipto no es referirse únicamente a fronteras geográficas, cifras ‎demográficas o poderío militar; es hablar de una idea civilizatoria arraigada en la ‎historia de la humanidad. Este Estado, que cimentó una de las civilizaciones más ‎antiguas del mundo, se ha mantenido durante milenios como el eje del equilibrio ‎regional. Cuando se debilitaba, la nación árabe entera se sumergía en espirales de ‎inestabilidad y fragmentación; cuando recuperaba sus fuerzas, la región recuperaba ‎parte de la estabilidad perdida.‎

Por ello, no resulta sorprendente que Egipto haya asumido a lo largo de su historia ‎moderna cargas que a menudo superaban sus capacidades económicas y políticas para ‎defender las causas árabes. Desde Palestina hasta Argelia, y desde Yemen hasta Irak, ‎Líbano y Libia, la sangre egipcia ha estado presente en cada batalla por la seguridad ‎nacional árabe. A pesar de las presiones y agresiones sufridas, El Cairo se ha ‎mantenido como el pilar fundamental en la ecuación de la estabilidad árabe.‎

Egipto ha pagado un alto precio por sostener su papel panárabe: lo ha pagado con su ‎economía, su estabilidad interna y la vida de sus ciudadanos. Por su posición ‎geográfica e histórica, comprendió que la caída de cualquier Estado árabe en el caos ‎repercute en toda la región y no se limita a sus fronteras. La seguridad nacional egipcia ‎nunca ha estado disociada de la seguridad nacional árabe, una realidad impuesta por la ‎geografía antes de ser confirmada por la política.‎

Quien analiza los mapas de conflicto en la región comprende que desestabilizar a ‎Egipto nunca buscó afectar a un país aislado, sino golpear la concepción misma de un ‎Estado árabe central capaz de preservar el equilibrio. Por esta razón, Egipto ha ‎enfrentado a lo largo de las décadas sucesivas olas de presiones, guerras, ‎conspiraciones e intentos de debilitamiento; su fortaleza garantiza que la noción de ‎una nación árabe viva y con capacidad de resistencia permanezca vigente.‎

Diversas potencias han comprendido históricamente que desestabilizar o agotar a ‎Egipto constituye la vía más peligrosa para reconfigurar la región bajo esquemas de ‎fragmentación y caos. Así, fuimos testigos de cómo se invirtió en la fundación de los ‎Hermanos Musulmanes en la década de 1920 desde el corazón de Egipto para socavar ‎la cohesión nacional, fracturar el tejido social, propagar grupos extremistas, financiar el ‎caos y atentar contra las instituciones del Estado nacional en varios países árabes. El ‎objetivo era moldear un Oriente Medio dividido, donde los ejércitos se transformaran ‎en milicias, los Estados en entidades sectarias en conflicto, y los pueblos en ‎comunidades atemorizadas que luchan únicamente por sobrevivir.‎

En medio de esta tormenta, Egipto se erigió como el último dique de contención ‎frente a un colapso generalizado que amenazaba con devorar a toda la región. Esta ‎batalla ha sido de la nación árabe en su conjunto y nunca un asunto exclusivamente ‎interno de los egipcios, pues la caída del Estado egipcio habría significado, en la ‎práctica, el derrumbe del último gran centro de equilibrio en el mundo árabe.‎

Comprendo con absoluta claridad por qué Egipto ha sido objetivo permanente de ‎campañas de desprestigio, asedios e intentos de inculcar desesperanza en su población. ‎Las fuerzas que pretenden desmantelar la región saben que un ejército egipcio fuerte, ‎unas instituciones estatales cohesionadas y una conciencia nacional viva en el pueblo ‎frustran el proyecto de caos integral impulsado durante años por grupos, ‎organizaciones y potencias regionales e internacionales.‎

Egipto es un Estado que, por mandato histórico, soporta una grave responsabilidad ‎respecto a su entorno árabe, sin pretender una hegemonía como algunos intentan ‎retratar. Cuando actúa para salvaguardar su seguridad nacional, protege ‎simultáneamente a todo el espacio árabe de la descomposición. Por ello, la estabilidad ‎de Egipto constituye hoy una necesidad estratégica para la nación árabe; no por una ‎afirmación emotiva de los egipcios, sino porque los hechos consumados en el terreno ‎demuestran que la ausencia de un Egipto fuerte abre las puertas del caos para todos.‎

Los últimos años han puesto de manifiesto la magnitud de los riesgos que acechaban a ‎la región, después de que algunos Estados árabes se convirtieran en escenarios abiertos ‎para intervenciones extranjeras, grupos armados rebeldes y luchas intestinas. En ‎contraste, Egipto ha demostrado que un Estado nacional sólido, sustentado en un ‎ejército cohesionado, instituciones estables y una firme conciencia popular, se ‎mantiene como el último bastión frente a los proyectos de división y colapso.‎

Al referirme a Egipto como el corazón latente del mundo árabe, no recurro a una ‎formulación retórica, entusiasta o sentimental, sino a una realidad estratégica ‎consolidada y ratificada por la historia, la geografía y la política. Cuando el corazón se ‎debilita, todo el cuerpo se desestabiliza; cuando deja de cumplir su función, los demás ‎órganos entran en una espiral de colapso acelerado. Así ha sido Egipto en la historia ‎árabe contemporánea: cuando las crisis se agudizan sobre él, la región entera se ‎estremece; cuando recupera su fortaleza, el equilibrio retorna al mundo árabe.‎

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